Dindón, dindón. Gabriela salió corriendo, sintiéndose perseguida por el fantasma. Se había vuelto loca.
La noche anterior un médium de la Extraña Compañía había preparado todo para que aquella alma turbulenta pudiera, ¡por fin!, descansar en paz... o simplemente irse, porque él no podía asegurarle a Gabriela que la sombra entre sombras descansaría en paz. Tras realizar el ritual de liberación el médium se fue extenuado: tampoco solucionó el problema.
Casi una semana antes, el espíritu trató de ser exorcizado por un miembro destacado de la Santa Iglesia Católica, mas al día siguiente el par de dindones, que anunciaban entrada y salida del espectro, volvieron a resonar.
Así había sucedido desde la apertura de la tienda de artículos religiosos, siempre al mediodía y cinco minutos después se reproducía el dindón del sensor de movimiento que anunciaba la entrada o salida de la clientela. Esos dos dindones y esos cinco minutos no siempre fueron desquiciantes, al principio Gabriela los relacionaba con la entrada de algún interesado.
Días después de abierta la tienda, cuando los ancianos dejaron de ir porque ya no les resultaba novedosa, Gabriela se percató de la enigmática regularidad: siempre al mediodía y siempre cinco minutos después. Inicialmente creyó que quien entraba era un ángel, un querubín aburrido que venía a hacerle compañía porque ella también estaba aburrida. Los artículos se movían de lugar en esos 5 minutos y ella lo achacaba a las travesuras del pequeño. Sin embargo, se desengañó rápidamente, pues en esos cinco minutos ocurrían sucesos espeluznantes. Los rosarios se restregaban por el suelo, los crucifijos se volteaban y tronaban, cuadros con pinturas de santos se caían misteriosamente boca abajo haciéndose trizas los marcos. Para Gabi ese par de dindones representaban la peor parte del día. Cinco minutos de insufrible agonía.
Con el tiempo y por miedo decidió cerrar la tienda treinta minutos antes del mediodía y reabrirla a la una, pero cuando volvía se encontraba con todo hecho un caos. Una día dejó una grabadora: calculando en la medida de lo posible el tiempo, se determinó que alrededor de las doce, sino es que a las doce exactas, se grabó un dindón, luego muchos ruidos en los cinco minutos consecuentes y finalmente otro dindón.
Por aquél entonces nació su hija. Fue cuando tuvo de verdad miedo de que el espectro fuera a dañar a su bien más querido. Aún así, antes de cerrar la tienda, en su desesperación, hizo hasta lo imposible por librarse del espíritu: desde verter agua bendita por doquier, hasta rezar innúmeros rosarios. Sin embargo, no importaba lo que hiciera, nada ayudaba: el fantasma llegaba puntual a hacer su desastre y cinco minutos después se iba.
Hubo un tiempo en que decidió hablar con la sombra, preguntarle qué le pasaba, qué quería, llorando, palideciendo, sacudida de escalofríos. Esto sólo empeoró las cosas. Se encomendaba a Dios, a la Virgen, a todos los santos. Nada servía. También pasó por su mente la idea de que Dios le había asignado una tarea que no comprendía muy bien aún, por ello fue a consultar a adivinos, médiums, oráculos... Lo único que consiguió fue perturbarse más. Después recurrió a personas que le fueran a hacer limpias, exorcismos, bendiciones, protecciones, brujas, cualquier cosa. Como siempre, nada sirvió.
En el psiquiátrico pasó mucho tiempo oyendo el par de dindones que la volvió loca. Dejó de oír el mundo exterior y se interiorizó y se hizo amiga del fantasma y habló con él. Su mente perturbada cada noche reconstruía los hechos de todo lo que había sucedido desde que abrió el establecimiento hasta el momento en que se encontraba, y ahora reía, lloraba, temblaba, babeaba y parecía gritar hasta con los ojos, junto a su fantasma privado, que a veces era un niño, otras un espectro, un querubín o un anciano.
Al encargado de sacar los artículos de la tienda le llamó la atención que el sensor anunciara que alguien había entrado. Era mediodía, trabajaba solo. Una voz que sólo él escuchó lo obligaba a mirar el sensor. Temblando se acercó al sensor que empezó a chillar cada vez más rápido, palpitante, aterrador. Con dificultad le dio la vuelta para apagarlo, las manos sudadas, el miedo en sus ojos, y vio con sorpresa que el sensor tenía seleccionada la opción de activar la alarma a las doce y el recordatorio cinco minutos después. Respirando tranquilo apagó el sensor, le quitó las pilas y lo metió en una caja que sería llevada a otra ciudad, a otra plaza comercial, a otro local de ventas. La caja la puso en el asiento del copiloto. "Ya está todo, vámonos". Cerró la puerta. Arrancó el coche. Abrió la ventanilla. Eran al rededor de las tres de la tarde cuando una brisa fangosa entró al vehículo. Dindón. La carretera nunca se había nublado así. Cinco minutos después se escuchó otro dindón saliendo de la caja. A lo lejos se divisaba la próxima ciudad.